Son seis décadas las que lleva dando sombra y frutos, este frondoso árbol es testigo silencioso de generaciones enteras de josefinos que han crecido, amado, jugado y soñado bajo sus copas
San José, Choluteca. -En el corazón del Parque Central del municipio de San José, en el depatamento de Choluteca, se alza un árbol que no solo da sombra ni frutos: guarda en sus ramas la historia viva de un pueblo. Lo llaman con cariño «El Manguito», pero su valor va mucho más allá de su nombre.

Este imponente árbol de mango de la variedad “Pespire” es mucho más que un ser vivo enraizado en la tierra josefina: es un símbolo, un patrimonio natural y emocional de San José.
En 1953, estudiantes de cuarto grado de la escuela Francisco Morazán de San José, junto al entonces alcalde Javier Castro y su equipo de trabajo, sembraron el árbol que hoy se erige como un símbolo vivo de historia y comunidad. Desde entonces, ha brindado sombra y frutos durante más de seis décadas, convirtiéndose en un testigo silencioso del paso del tiempo.
Bajo su frondosa copa han crecido generaciones enteras de josefinos que han jugado, amado y construido recuerdos. Relatos orales de quienes fueron niños en aquella época que ayudaron a cuidarlo —entre ellos los profesores Isidro y Miriam Zelaya, Gabriela Canales y Elio Oliva— coinciden en que este árbol ha permanecido firme, acompañando la vida del municipio y resguardando, entre sus ramas, parte de su memoria colectiva.

Un refugio de sombras,risas,juegos y aventuras
En la década de 1960, se construyó a su alrededor un redondel de cemento. El propósito era sencillo, pero profundamente significativo: ofrecer asiento y descanso a quienes buscaban compartir una charla vespertina, una partida de naipes o simplemente gozar de la sombra refrescante tras una jornada de trabajo en el campo.

Los que han cruzado el umbral del medio siglo recuerdan con nostalgia cómo El Manguito era el epicentro de la diversión infantil.
Entre sus raíces se jugaban landas, escondites, mables y hasta yaxis improvisados con piedras y tapas o “pelotitas” de desodorante. Sus grandes ramas eran escondite perfecto, torre, refugio y cielo para los niños de ayer.

Testigo de tradiciones y amores
Durante las festividades patronales, cuando la «función» llegaba cada marzo, El Manguito de San José se convertía en el centro neurálgico de la celebración.
A su alrededor, el aire se impregnaba con los olores de la cocina josefina, el aserrín fresco que conservaba el hielo para las minutas, de las notas musicales de los conjuntos de cuerda, del acordeón de la prima Martina y el bullicio de un pueblo vibrante.
Además de sombra, El Manguito ha brindado alimento: no solo a las bandadas de loros y pájaros que cada año lo visitan, sino también a generaciones de niños que, con un puño de sal, preparaban ensaladas de mango verde, sin importar que luego las quemaduras por la leche del fruto dejaran huellas en sus bocas.

El árbol de todos
Este árbol no tiene dueño, y quizás por eso ha pertenecido a todos. Familias enteras lo recuerdan como parte inseparable de su historia.
El deseo de todos es que El Manguito continúe brindado sombra, cobijo y muchos frutos a esta nueva generación de josefinos, siendo testigo fiel del desarrollo de este querido y amado municipio del sur de Honduras.










